Ser feliz o tener razón

Hoy quiero hacerte una pregunta y me gustaría que te tomaras un par de minutos para responderla con toda sinceridad…

¿Quieres ser feliz o quieres tener razón?

La mayoría de las veces, las respuestas que he recibido a esa pregunta son claras: ¡Quiero ser feliz, por supuesto!. No obstante, dichas personas han seguido invirtiendo mucha energía y esfuerzos en demostrar que tienen razón, intentando salvar de la mediocridad a las personas que opinan de otra forma o creyendo que su misión vital es ayudar a los demás a ver otros puntos de vista, empleando así todos sus recursos en justificaciones, debates e imposiciones. Otras veces, simplemente, queremos llevar la batuta, recibir la aprobación de los demás y/o tener la última palabra…

Ser feliz o tener razón
El salto entre tener razón o ser feliz

 

Pero… ¿Sabes qué? Suele ser muy complicado llevar una vida serena, con relaciones sanas y felices si queremos tener siempre la razón. ¡Me arriesgaría a decir, incluso, que ser feliz y tener la razón son incompatibles! Y es que, cuando siempre queremos tener la razón conseguimos bienestar gracias a la aprobación de los demás pero, normalmente, nos desgasta mucho intentar convencer a nuestro interlocutor o no siempre cede a nuestra imposición de opinión. Y cuando no nos dan la razón nos enfadamos… Además, ¿alguna vez alguien te ha dado las gracias por imponerle tu opinión, desacreditando su forma de pensar?

Ciertamente, existen momentos y temas en los que deseamos posicionarnos (racismo, violencia de género, etc) y aportar nuestra opinión. ¿Es eso poco beneficioso? ¡Por supuesto que no! Dar nuestra opinión a la persona adecuada en el momento preciso es signo de asertividad, algo realmente muy beneficioso para nosotros. Aunque, no es lo mismo posicionarnos o dar nuestra opinión que tener la necesidad de tener siempre la razón, la última palabra y meternos una y otra vez en batallas sin sentido para lograr que todo el mundo opine lo mismo que nosotros y así lo reconozcan.

Entonces, ¿cómo diferenciar el deseo de dar nuestra opinión con la necesidad de justificarnos o defendernos?

Dar una opinión conlleva:

  • Posicionarse por coherencia a nuestros valores, ideales u opiniones.
  • Escuchar a nuestro interlocutor sin interrumpirle.
  • Aportar un punto de vista sin la intención de modificar la visión de los demás.
  • Asertividad y libertad en la expresión.

En cambio, la necesidad de justificarse, defenderse, imponerse, de tener razón:

  • Pretende obtener la aprobación o reconocimiento de los demás.
  • No permite que la comunicación sea completa o fluida por las interrupciones al interlocutor.
  • Nos conduce a vivir en constante estado de defensa o alerta para interrumpir
  • Crea conflictos en las relaciones.

Por supuesto, no es que la felicidad se obtenga gracias a no tener nunca la razón, ¡cuidado! Precisamente hablo de tomar consciencia de nuestra forma de comunicarnos y de esas necesidades que muchas veces no tenemos identificadas y que provocan un gran desgaste en nuestro día a día.

Si tu respuesta ha sido “quiero tener razón” o si te has visto identificado/a en alguna cosa, te interesará llevar a cabo este pequeño ejercicio para empezar a cambiar esa necesidad o hábito poco beneficioso:

Lograrás vivir de forma más plácida y agradable, mejorando incluso tus relaciones, cuando empieces a cambiar el hábito de dejar hablar antes al orgullo. En adelante, cuando veas la oportunidad de sumirte en una “batalla de egos”, te invito a dejar de corregir a la persona con la que estés hablando… Escucha sin interrumpir su discurso por el mero hecho de opinar algo distinto o de creer que tienes la verdad absoluta sobre ese tema. Y es que, quizás tengas dicha verdad pero… ¿En qué medida necesitas que se reconozca que la tienes o que todo el mundo piense igual que tú? Escucha las declaraciones de los demás y déjalas pasar, sin rebatir, sin censurar. Al inicio te costará, te morderás la lengua para no interrumpir diciendo “no, no, lo realmente importante es…”; afortunadamente, a medida que vayas haciendo ese pequeño esfuerzo irás modificando tu hábito y la necesidad de tener la razón a toda costa. Como resultado, conseguirás un mayor grado de tranquilidad y paz pues no necesitarás estar siempre preparado/a para “entrar al trapo”, a la defensiva.

Recuerda, no es cuestión de que sacrifiques tus ideales u opiniones… ¡Únicamente se trata de aliviar tensiones dejando que los demás tengan la razón, su propia razón!

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